viernes, 6 de junio de 2014

El peligro cultural de la red

Redes 
Internet es uno de los grandes desarrollos de la humanidad, con diferencia. Tomando como base la implementación del teléfono, ha permitido ir añadiendo funciones de otras herramientas a nuestros ordenadores, pudiendo así, leer periódicos, ver canales de televisión y escuchar programas radiales de todas partes del mundo, incluso de forma simultánea. Gracias al constante avance tecnológico, también podemos agregar esas mismas funciones a sistemas portátiles, como teléfonos móviles o smartphones, teniendo filmadoras, cámaras de fotos, televisores, radios, periódicos, libros, reproductores de películas y música, agendas, alarmas, relojes y sistema de mensajería en el mismo artefacto con el que, además, podemos realizar llamadas. Gracias a estos dispositivos móviles, las redes Wi-Fi y los servicios de conexión móvil, podemos introducirnos y navegar por la red básicamente desde cualquier sitio, a todo momento. Internet, sin duda alguna, acorta distancias. Pero existen muchos problemas en la constante utilización de internet, algunos de los cuales, poco a poco comienzan a ser reconocidos por expertos para ser estudiados y evitar futuros inconvenientes, aunque sin embargo, hay muchos otros que pasan desapercibidos y que poco a poco vamos adoptando como una parte de nuestro crecimiento social, que parece perfectamente normal, a pesar de los constantes signos de alarma a los que no prestamos mayor atención. Entre estos grandes problemas están el de la constante desinformación, gracias a la, cada vez mayor, costumbre de utilizar de forma incorrecta los buscadores, y el de la poca aceptación de diferencias culturales que existen al relacionarnos con personas de otros lugares del mundo. Aunque no lo parezca, estos dos problemas son sumamente graves y están estrechamente relacionados el uno con el otro.

Los hoaxes

Hoaxes 
Más de uno tiene el término “hoax” incorporado a su moderno vocabulario. Lamentablemente, para una gran parte de los mortales, se trata de un término casi desconocido, lo cual solo consigue alimentar la desinformación antes mencionada. El término “hoax” (con su plural “hoaxes”) se utiliza comúnmente para referirse a una especie de “leyenda urbana” de la red y extiende su utilización a todo tipo de mensaje viral o intento de estafa que pudiéramos recibir por e-mail, mensajería instantánea o que podamos leer en muchos foros o paginas de la red. Este tipo de mensajes son aquellos que nos relatan un caso o historia que podría partir en una verdad para desarrollarse a través de una información falsa y que pone en estado de alerta al lector. También pueden tratarse de los típicos mensajes de pedir deseos, de donaciones a alguien (por lo general, un niño), de ganar artículos de lujo o dinero, o incluso mensajes de amistad y amor. En todos los casos, los mensajes tienen una cosa en común que nunca pasa desapercibida, que es la insistente petición de reenviar el mensaje a otras personas (cuantas más, mejor). En la mayoría de los casos, ésta resulta ser una práctica sumamente molesta, porque no solo enviamos mensajes inútiles a montones de personas que vuelven a enviarlo a otro tanto, sino que, además, creamos poco a poco, el cuento de Juanito y el lobo. Cuando existe una verdadera necesidad de parte de un usuario, y este le envía un mensaje real a sus amigos, estos lo ignoran, completamente hartos de no haber recibido su nuevo ordenador portátil, teléfono de última generación, ni los miles de dólares que Bill Gates les prometió. Es así como muchos peligros y necesidades reales, terminan mezclándose con la mitología creada con malos fines, y alimentados por la plena ignorancia de los usuarios, para morir en la nada, ante la desesperación de personas que podrían necesitar esa ayuda de forma real. En esta definición de correo también puede incluirse la rama del Phishing (que proviene del inglés: Fishing, “pescar”) y que se trata de una serie de correos muy similar, pero que supuestamente proviene de algún sistema/servicio que tengamos contratado. En este tipo de correo se nos pide que ingresemos una serie de datos que pueden ir de la mediana a la vital importancia. Desde nombres y apellidos completos, pasando por la dirección particular, números telefónicos o números de tarjetas y cuentas bancarias, o distintas contraseñas que podrían causarnos mucho daño, tanto virtual como físico y económico. La principal forma de combatir realmente este tipo de ataques, es con la información. Esta información corre a mares en la red de redes y está disponible para cualquiera que se tome un momento para buscarla. Todo mito proveniente de uno de estos correos, desde aceites biodegradables que supuestamente contaminan el medio ambiente, hasta supuestos seres monstruosos que, se supone, consumimos cada vez que comemos una hamburguesa, puede ser desmentido si buscásemos un poco por la red. Lamentablemente, mucha gente toma esta información como cierta, y por lo tanto, la distribuye, no solo mediante reenvíos, sino que copiando y pegando los textos en otros sitios. Esto logra que, al momento de decidir buscar una información que nos desmienta algo, nos encontremos en su lugar con una información falsa que nos reafirma la mentira, por lo que terminamos aceptándola como una verdad y continuamos esparciéndola ante otros que la creerán de forma desesperada.

La cada vez más amplia ley del menor esfuerzo

VaganciaA pesar de resultar un gran avance tecnológico, los dispositivos multi-tareas que hemos incorporado con tanta naturalidad a nuestra vida cotidiana, y que han reemplazado poco a poco una gran cantidad de herramientas de las que dispusimos toda la vida, también han reemplazado ciertas actitudes que nos hacen depender menos del esfuerzo y más de la utilidad del dispositivo en cuestión. Acciones tan simples como ir a comprar el periódico, abrir un libro o incluso levantarnos a buscar el mando a distancia del televisor se ven suplantadas por disponer de todas estas funciones en nuestro dispositivo, siempre resguardado en nuestro bolsillo, al alcance de nuestra mano. Este estado de constante conexión hace que las distintas páginas y foros se reproduzcan como una plaga, y la facilidad de tomar una información de cualquier sitio y colocarla donde más nos plazca no hace más que alimentar ese crecimiento. Este florecimiento desmedido de contenido, sin ningún tipo de moderación o filtro más que el de nuestro propio sentido común, contribuye a que en toda herramienta de búsqueda, aparezcan más y más resultados, haciendo que la navegación para encontrar información, pueda parecernos pesada y tediosa, y así conformarnos con los primeros resultados que podamos ver, tomándolos automáticamente como verídicos (actitud alimentada por la creciente necesidad de tener todo a nuestro alcance y, por lo tanto, también por el pensamiento de que lo que necesitamos aparecerá fácilmente ante nuestros ojos, aceptando así lo primero que veamos en nuestras pantallas). Tal es así que pueden encontrarse fácilmente viñetas de humor en las cuales se refleja este tipo de actitudes, tomando cualquier resultado más allá de la tercera página como “para desesperados”. Las enciclopedias digitales tampoco ayudan a este tipo de actitudes, dado que, a pesar de aclarar (como en el caso de la Wikipedia) que la información contenida no debe tomarse como una verdad absoluta, sino que como un conjunto de aportes de distintos usuarios que podría no ser correcta, quienes utilizan este tipo de recursos, no dejan de tomar esa información como fidedigna y pensando que adquieren una “cultura” que no es tal. En el caso de los hoaxes, este método de búsqueda de información se ve mas y mas acentuado, dado que a medida que se reproducen los mensajes falsos, la cantidad de páginas que aparecen entre los primeros resultados, con tanta información falsa, es mayor y se convierte en una bola de nieve de desinformación lanzada desde una montaña tan alta que, a la mitad de su caída, se ha convertido en una verdadera avalancha.

La información nos respeta

UnionClaro que aquello que empezamos con la simple explicación de un hoax y los efectos que tiene gracias a la desinformación y la ley del menor esfuerzo no solo nos sumerge en un mar de completa ignorancia, afectándonos solo a nosotros, sino que también puede afectar gravemente a quienes nos rodean. Uno de los principales puntos fuertes de la red, es que podemos entablar contacto con personas de casi cualquier parte del mundo. Esto nos impulsa a formar amistades y tener compañeros en distintos ámbitos con solo apretar un botón. Sin embargo, a veces, esas personas pueden parecernos tan cercanas que olvidamos por completo que no solo están en otra parte del mundo, sino que ¡tienen una cultura enteramente distinta! Muchas veces, el acceso desmedido a la información (y, en especial, a la desinformación) puede alterar nuestra forma de ver las cosas. Esto pasa, por ejemplo, con lo que vemos que sucede en otros países y que, a simple vista se ve diferente a lo que nosotros conocemos y, aun antes de procesar qué es exactamente lo que vemos, al pensar que algo es diferente, lo tomamos como algo raro y, por lo tanto, no lo aceptamos con la facilidad que internet nos podría permitir. Esto suele suceder, en mayor medida, con lo que el mundo occidental ve del mundo oriental. La gran mayoría de países asiáticos tienen una cultura propia sumamente rica en historia (que abarca miles de años) y que se ha desarrollado de forma completamente diferente a las culturas de los países occidentales. Sin embargo, una gran cantidad de países orientales se dedican a estudiar desde la infancia las diferencias con el mundo occidental y a aceptarlas como algo completamente normal en el mundo. Sin embargo no podemos decir lo mismo de nuestra cultura, la cual, como dije antes, no acepta tan fácilmente las diferencias. Pero lo peor quizás no sea el hecho de no poder aceptar diferencias históricas y tan marcadas como las que tenemos con los países orientales, sino que cada vez se nota una mayor intolerancia con países que comparten nuestra mitad del planeta. Existen infinidad de sitios en los que pueden leerse incontable cantidad de insultos cruzados entre personas del mismo habla por diferencias tan nimias como un doblaje, un subtitulado, o incluso la capacidad de los deportistas de sus respectivos países. La forma de hablar, la comida, la política o incluso la forma de insultar misma entra en tema de discusión cuando se trata de diferencias. Y una vez más, esto se ve alimentado por la desinformación y la falta de voluntad de los occidentales de aceptar las diferencias, convivir con ellas e incluso aprender de ellas. Buscar la historia del país en donde vive nuestro supuesto amigo internacional, no costaría mucho trabajo para nadie bien dispuesto. Entender que los idiomas se desarrollan y adaptan con el paso del tiempo, costaría aun menos. Aceptar que al haber diferencias en el lenguaje, una palabra completamente normal podría ser malsonante o incluso un insulto para el otro, no requeriría más que un poco de voluntad. Sin embargo, a pesar de estar, no solo conectados, sino que unidos globalmente, se prefiere mantener un aire de altanería y un nacionalismo que, a la larga, resulta irreal, en pos de remarcar esas diferencias, querer parecer mejor que el otro y, a veces, incluso hasta buscar una pelea virtual.

La virtualidad que nos rodea

VirtualidadTodo país tiene, por muy mínima que sea, una historia. De la misma forma, cada persona tiene una historia que contar a quien nos quiera escuchar. Toda esta suma de historias es lo que da forma a la cultura de cada uno y, tener a nuestra disposición tal cantidad de cosas para aprender sobre otras personas y pueblos, solo puede enriquecernos y alimentarnos como personas. Lamentablemente, la aceptación es el primer paso hacia el entendimiento, y ante tanta intolerancia existente, es poco el entendimiento que pueda haber en el mundo. El famoso fenómeno denominado globalización, no es algo que nos haya sorprendido de la noche a la mañana. Ni siquiera es un fenómeno comenzado de forma reciente. Los constantes movimientos migratorios de pueblos enteros desde la aparición del ser humano, acentuado por los nacimientos de nuevas edades, y la sed de conocimiento de algunos hombres notables en nuestra historia conjunta, han hecho que todos estemos más conectados de lo que pensamos, aun con internet a nuestro alcance. Ya sea desde un punto de vista científico como religioso, todos tenemos el mismo origen y, a estas alturas, ha habido tal cruce de razas y etnias que es incluso estúpido considerarnos diferentes. ¿Qué sería de nuestra vida si, por ejemplo, nadie hubiera aceptado el descubrimiento y posterior desarrollo del uso de la electricidad que nos brindó Benjamin Franklin? ¿Y si por el simple hecho de no aceptar la cultura asiática nos deshiciéramos de todos los inventos, desarrollos y productos provenientes de aquellas tierras? ¿Y si fuéramos a lo simple, que sería de nuestra vida si jamás hubieran existido los movimientos migratorios y nuestros antepasados hubieran muerto de frio, calor o hambre en tierras lejanas? ¿Por qué nos apresuramos tanto en rechazar las diferencias con personas provenientes de otros países, culturas y religiones, pero sin embargo aceptamos con tanto gusto las cosas buenas que nos envían? Sin embargo, en lugar de acercarnos para alimentarnos de las riquezas culturales que podrían brindarnos esas personas, ampliamos cada vez más el significado de la palabra racismo, tomando distancia por cosas cada vez más nimias. Claro que en este mundo acelerado en el que vivimos, cada vez es más difícil esperar que exista un cambio de gran relevancia en la forma en que aceptamos las cosas. La mensajería instantánea, las redes sociales y el acceso a opiniones dadas por personas con poca cualificación para emitir juicio, hace que, cada vez más, la gente busque la “versión resumida” del mundo. A pesar de que la red consiste en su mayor parte en lectura, cada vez hay menos predisposición a leer y, cada año que pasa, se establece que un texto “largo” es en realidad cada vez más corto. Es más y más común encontrar mensajes en donde se denomina de “testamento” a cualquier texto que pueda superar los diez o doce renglones, y eso es solo una muestra de la voluntad de cada uno para informarse. Si la gente no está dispuesta a leer una opinión de otra persona por exceder las diez líneas, ¿cómo podría estar dispuesto a aprender sobre la historia de un país que no es el suyo? ¿Cómo podría aceptar una cultura si no es capaz de aceptar una opinión por considerarla “un testamento”?

Nuestra aceptación de la sociedad

SociedadSin embargo, ahí seguimos, utilizando redes sociales, entrando en foros, y gritando nuestra opinión a pesar de no estar dispuestos a aceptar las opiniones de los demás. Pero hacemos un uso nefasto de todas las aplicaciones que están a nuestro alcance y que podrían ser maravillosas. Seguramente pocos existirán que lean, por ejemplo, los términos y condiciones de cualquier sitio donde se inscriben, a pesar de que nuestros padres nos habrán enseñado siempre a leer la letra chica. Pocos serán los que saben la forma en que se utiliza la información que aportamos, la cual podría ser utilizada en nuestra contra con muchísima facilidad. Lamentablemente, las señales de advertencia se ven ahogadas y opacadas por el ritmo desenfrenado al que crece la (des)información. Y lo peor es que nosotros mismos utilizamos esa información de forma incorrecta. Se utilizan las redes sociales como un reemplazo de las actividades en sociedad. Se usan para compartir y para discernir, pero hacen que perdamos el respeto por las personas con las que compartimos el mundo, porque perdemos la percepción de esas personas. Dejamos de considerarlas reales para considerarlas solo un avatar y una publicación ocasional. Algunos años atrás, cuando teníamos una diferencia de opinión con una persona de nuestro entorno, utilizábamos toda la educación que podíamos para hacerle entender nuestro punto de vista. Cuando eso no funcionaba, utilizábamos toda la paciencia posible para intentar que, por lo menos, aceptara nuestro postura. Y en más de una ocasión, esas diferencias podían incluso a convertirse en una pelea en la que alguno llegaba con un ojo morado a casa (las cuales nuestros padres consideraban malas, pero parte de nuestro crecimiento). Si hoy existen diferencias de opinión entre las personas, se recurre al insulto fácil e irrespetuoso, cayendo fácilmente en la ignorancia, creyendo que esa virtualidad que nos rodea nos hace inmunes a cualquier hostilidad y, en caso de que la persona a la que ofendimos nos responda, recurrimos a bloquearla o a eliminarla de nuestra lista de “amigos” como si con esa acción tan simple, la borráramos de la faz de la tierra, sin darnos cuenta que quizás es nuestro vecino, nuestro hermano o nuestro compañero de clases y que ese tipo de actitudes solo alimentan la enemistad y la hostilidad. Incluso, y como dato adicional, a pesar de tantas actitudes reprochables, encuestas recientes señalan que un 30% de los jóvenes de entre 12 y 25 años, consideran a internet y, en especial, el uso de las redes sociales, algo tan indispensable como otros servicios como ser la luz, el agua o el gas, e incluso tan necesario como comer o dormir, y pasando a dejar en segundo lugar, las actividades sociales directas.

Protegiéndonos contra el verdadero peligro

LadronSin embargo, el mayor peligro no deja de ser la desinformación. Este hecho que podría parecer tan simple nos impulsa a realizar acciones que, de estar informados, no las realizaríamos por nada en el mundo. Nuestros datos personales constituyen, más que nunca, nuestro bien más preciado, pues son nuestra identidad, nuestra persona… nuestra individualidad. Al poder conectarnos desde cualquier lugar del mundo, se cae en el error fácil de “informar” a nuestros contactos donde estamos a cada momento. Cuando vamos al trabajo, a clases o estamos de vacaciones suelen ser los comentarios más comunes, y algunos de los que más nos exponen. Las fotografías en las que nombramos a cada una de las personas con las que estamos, nuestro estado civil y toda nuestra filiación pueden ser errores incluso más peligrosos. Existen tutoriales completos (e incluso programas) que están al alcance de cualquiera y que nos explican y ayudan a romper la seguridad de las redes sociales, permitiendo que toda nuestra valiosa información pueda estar al alcance de cualquiera. Esto nos posiciona en un lugar de peligrosa exposición, ya que nos permitirá ser víctimas de todo tipo de ataques. Desde suplantación de identidad, pasando por un ataque de parte de esa persona a la que “bloqueamos” y llegando hasta casos de secuestros virtuales o reales de nuestros amigos, familiares o en que las victimas podemos ser nosotros mismos. Esto es algo especialmente importante en el caso de los menores que utilicen estas redes y, sin saberlo ellos (ni los padres) tienen un nivel de exposición mayor. Todo esto podría evitarse con un poco de información y no cayendo en la tentación de “mostrar” al mundo donde estamos a cada momento, donde nos fuimos de vacaciones o quienes componen nuestra familia.

Nuestra herramienta más útil

A modo de conclusión, me gustaría remarcar la importancia de aprender la correcta utilización de todas las herramientas de que disponemos. A nadie se le ocurriría utilizar una soldadora, o maquinaria pesada sin antes haber aprendido como utilizarla, así como nadie se subiría a un Ferrari a conducir a 325 km/h sin haber antes aprendido cual pedal es el acelerador y cual pedal es el freno. También hacer especial hincapié en el hecho de que, si estamos constantemente rodeados de información, intentemos llevar a cabo nuestra propia campaña de concientización y enseñanza virtual. No continuemos las miles de cadenas reenviadas, ni tampoco compongamos nuevas cadenas intentando contrarrestar a las ya existentes ya que, al fin y al cabo, estaríamos cometiendo la misma equivocación. Ayudemos, expliquemos y tengamos paciencia, tanto para enseñar, como para aprender y aceptar. El hecho de que nos movamos cada vez más por un mundo virtual, no significa que los daños no puedan ser reales, sino que por el contrario, la sensación de seguridad que nos brinda la virtualidad puede acarrearnos daños aun más graves. El conocimiento es poder, dijo alguien alguna vez, y nosotros tenemos a nuestro alcance un mundo infinito de conocimiento. Solo nos queda aprender a ver que está ahí, a nuestra disposición y como utilizarlo de forma correcta, para convertirlo en un poder al alcance de nuestras manos.

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